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El Arte como Terapia
Texto del Doctor Walter Bühler

Quien tiene la oportunidad de observar, por primera vez, ante la pantalla de rayos X, el funcionamiento del estómago, queda asombrado por el rejuego de ondas rítmicas que se desliza sobre ese tubo muscular, así como por la regularidad con que se abre y cierra el píloro. En efecto, la actividad rítmica de respiración y de pulsación cardíaca, que, en la cavidad torácica se concentra en un sistema orgánico propio, trasciende en múltiples metamorfosis, al organismo entero. La salud y vitalidad de nuestro organismo depende esencialmente de la polaridad de muchos procesos orgánicos, como son la ingesta de alimentos, la excreción de sustancias, la tensión y distensión de los órganos, etc., sea llevada, por medio del ritmo, a su compensación armoniosa.

Todos los procesos rítmicos, sin embargo, implican a la vez, energías anímicas que los impulsan y saturan. En el ojo que se abre al mundo en afán de experiencias, impera la potencia de la simpatía hasta en la dilatación de la pupila que, para rechazar la excesiva incidencia de luz, se reduce con ayuda de la antipatía. Ésta se manifiesta, por ejemplo, con la pupila de apertura predominantemente reducida, por la molesta mirada punzante del congénere hipercrítico. Pero también en funciones orgánicas más profundas como son la inhalación pulmonar o la apertura del píloro, intervienen procesos inconscientes de simpatía que, al expeler el aire gastado o al cerrarse el estómago, viran a procesos de antipatía y, en el caso del espasmo asmático o pilórico, pueden intensificarse hasta lo patológico. Para comprender la sinergia del cuerpo y alma, impera saber que la sensibilidad humana que constituye la parte media de nuestra vida síquica de la vigilia, se apoya fisiológicamente en el funcionamiento rítmico, sobre todo el circulatorio y respiratorio.

Siendo el hombre un ser consciente y autodeterminante, debe ser capaz también de desprenderse de su vinculación con los ritmos vitales orgánicos y, por ejemplo, de pasar instantáneamente de una representación a otra, o bien reaccionar con un impulso volitivo. Esta posibilidad se la ofrece su polo consciente, donde la cabeza, por medio del sistema nerviosos central, le sirve de vehículo de sus representaciones. En él encuentra el hombre el espacio de su interna libertad, el lugar donde él se aprehende a sí mismo, se confronta con la naturaleza como cognoscente y, en consecuencia, pone las fuerzas naturales a su propio servicio técnico. Todos sabemos que la exaltación de este proceso que ha dado origen a nuestra civilización actual -pese a todos los adelantos concomitantes- encierra grandes peligros, incluso mortales. Los encierra, porque se relacionan con el hecho de que el hombre se va distanciando más y más de las vivificantes energías creadoras de la naturaleza y de los ritmos vitales que la sustentan. En las exageradamente tensas exigencias profesionales, y en el ajetreo y apuro de las grandes ciudades, el hombre se halla sujeto a influencias nocivas que, como enfermedades nerviosas, se manifiestan ante todo en trastornos  de los ritmos orgánicos: a ellos pertenecen el insomnio como alteración del ritmo nocturno-diurno, así como las tan frecuentes arritmias cardiacas.

Ante esta situación, no se insiste lo suficiente sobre un aspecto de la Euritmia que, si bien corresponde a toda auténtica manifestación artística, es peculiarmente inherente al arte del movimiento eurítmico: su función social terapéutica e higiénica.

El sonido y la palabra, el tono y la música como fundamento de la Euritmia se manifiestan en delicadísimas vibraciones rítmicas que, en la poesía y en la composición musical, se trascienden y se subliman a ritmos de mayor categoría. Su dinámica constituye el arte vital del movimiento eurítmico, movimiento que nunca se pierde en un simbolismo cefálico, intelectual. Los gestos eurítmicos se desenvuelven a partir de la vivencia de la cualidad interna del sonido y tono, y esta vivencia sólo puede alcanzarse por medio de la activa entrega anímica que Goethe había practicado y exigido, en relación con el color, como sentimiento sensorio-moral. El paso al movimiento eurítmico supone, pues, la íntima resonancia de la esfera anímica cuya sede es el corazón y, a la inversa, reacciona sobre el organismo del ejecutante vivificándolo, liberándolo, armonizándolo, sin detenernos en la impresión que causa en el espectador. En efecto, los procesos cósmicos que subyacen en la cualidad de las vocales, en la potencia formadora de las consonantes, en los ritmos de la música, esos procesos son, a la vez, las latentes energías morfogénicas del organismo humano que también ha nacido de la palabra. El euritmista que vive en ella y en el tono dándoles objetividad plástica, se une a las potencias creadoras del mundo. Así, no solo se emancipa de sí mismo y de sus estrechos subjetivismos, ya de por sí un proceso saludable, sino que derrota radicalmente su enajenamiento de la naturaleza. La experiencia ha probado que las personas fatigadas por la agobiante vida profesional, se sienten vivificadas y refrescadas después de una clase vespertina de euritmia en grupo, ¿porqué?, la actividad artística realizada en plena libertad, y la identificación vital con los protoritmos de la vida corrigen nuestros estados de ánimo unilaterales, disuelven los calambres síquicos, armonizan el mencionado ritmo vital de los órganos, y ejercen de esta manera, una genuina función reconstructora. La Euritmia es el elixir vital que neutraliza la distonía de nuestro sobresolicitado sistema vegetativo, restituyendo la eutonía del organismo sano y elástico.

Para terminar, mencionemos siquiera que esas intuiciones de las conexiones sicosomáticas pueden profundizarse aún más, y que así, el gesto eurítmico y el dinamismo motor pueden especializarse correspondientemente. Entonces, yendo más allá del aspecto higiénico de la Euritmia Curativa propiamente tal, efectiva disciplina artístico-terapéutica aplicable a: la pediatría, ginecología, medicina interna, enfermedades sicosomáticas, oftalmología, traumatología, odontología, siquiatría, problemas del desarrollo, crisis de vida, etc.